"Nombre de batalla"
(un relato psicológico)
Cerró finalmente la notificación del SAT. Había intentado descargar, por tercera vez, el archivo PDF con el aviso de “actualización obligatoria de datos”, pero el sistema se había quedado pensando hasta arrojar el mismo mensaje de siempre: espacio insuficiente en el disco.
El ícono giratorio aún seguía dando vueltas cuando Alex llevó el cursor a la esquina de la ventana del navegador para cerrarla. Entonces lo vio, en la parte superior del portal del SAT, sobre un fondo institucional color verde apagado:
**CONTRIBUYENTE: HUMBERTO A. VELA DEL BOSQUE**
**RFC: VEBH…**
Se quedó mirándolo unos segundos, como si se tratara de un nombre ajeno.
Ese nombre, tan real y tan distante, le provocó un escalofrío que le bajó desde la nuca hasta la rodilla izquierda, esa articulación llena de tornillos que le dolía cada vez que bajaba la temperatura en San Pedro.
Suspiró, recargándose en el sillón, que crujió bajo su peso. Todo el mundo, desde hacía cuarenta años, lo conocía como Alex Romano. Sus clientes en el despacho de investigaciones le firmaban los cheques a nombre de la agencia, pero le estrechaban la mano a “Romano”. Incluso Carlos de Lucio, su socio y único amigo que conocía la verdad completa, había dejado de llamarlo Humberto la noche en que debutaron en la Arena Coliseo.
—Humberto Vela suena a contador público, mano —le había dicho Carlos mientras se vendaban las muñecas en aquel vestidor húmedo de la Coliseo—. Nadie paga un boleto para ver volar a un Humberto. Tú eres Alex Romano.
Y así, Humberto Vela se convirtió en una entidad puramente legal, un fantasma administrativo. Humberto era el que pagaba los impuestos, el que aparecía en la póliza de gastos médicos, el que firmaba las escrituras de la casa. Era el hombre de papel. Pero la vida, la sangre, la adrenalina y el respeto se los había quedado Alex Romano. Alex era el luchador técnico que nunca se rendía; Alex era el detective privado cínico que no le temía a los maridos celosos.
El problema, pensó mientras se masajeaba la rodilla con un movimiento circular y automático, era que Alex Romano era una ficción. Una armadura.
Y las armaduras no escriben novelas.
Ahí estaba la raíz de su bloqueo. No era solo que se sintiera un mal escritor; era que sentía que Alex Romano estaba usurpando el lugar de quien debía escribir. Alex sabía golpear, intimidar, investigar. Pero Alex no tenía infancia, no tenía miedos nocturnos, no tenía dudas existenciales. Todo eso pertenecía a Humberto, el niño que aprendió demasiado pronto que nadie iba a defenderlo y por eso inventó a Alex para que lo defendiera del mundo.
Recordó la voz de Damián hacía unos minutos:
—Patrón… ¿va a salir?
“Patrón”. Esa palabra, pronunciada con una deferencia antigua, iba dirigida a Alex Romano, al hombre de éxito, al dueño de la casa y del coche limpio. Damián no sabía que “el patrón” estaba ahora mismo temblando por dentro, sintiéndose un fraude de sesenta y ocho años. Si Damián entrara y viera a Humberto —al verdadero Humberto, sin la máscara de seguridad del “Patrón”—, ¿qué vería? Solo a un impostor frente al teclado, probándose unas palabras que le quedaban grandes.
Miró sus manos sobre el teclado. Manos grandes, con los nudillos deformados por años de impactos en el ring y años de portazos en la agencia.
—Llevas cincuenta años viviendo como un personaje —murmuró—. Y ahora quieres escribir “la verdad”. ¿Qué verdad? ¿La de la máscara o la del rostro?
Intentaba escribir una novela psicológica, evocar la fragilidad humana, pero lo hacía desde la voz de Alex, y Alex despreciaba la fragilidad. Por eso las frases salían rígidas, falsas, de cartón piedra. Porque Alex Romano no sabía sangrar si no era parte del espectáculo.
Humberto, en cambio, sí. Humberto sentía el miedo a la vejez. Humberto sentía la soledad de esa habitación llena de libros que, en el fondo, eran trincheras para esconderse. Pero Humberto llevaba tanto tiempo callado, amordazado bajo la personalidad arrolladora de Alex, que ya no sabía cómo hablar.
El cursor seguía parpadeando en el documento de Word que esperaba detrás de la ventana del SAT, fijo en el mismo lugar, como si también dudara.
Ya no se trataba de un juicio sobre su talento literario, sino de una pregunta identitaria: ¿quién está ahí? ¿Quién va a teclear la siguiente letra?
Si escribía Alex, saldría una novela policiaca cliché, dura y superficial, llena de golpes que no duelen.
Si quería literatura real, tenía que dejar salir a Humberto. Y eso le aterraba más que cualquier llave de rendición. Porque si dejaba salir a Humberto, tendría que admitir que Alex Romano, el “Patrón”, el héroe, ya no existía. Que solo quedaba un hombre cansado, con dolor de rodilla y miedo a morir sin dejar rastro.
El silencio de la casa se volvió denso. Afuera, el coche ya brillaba al sol, una superficie perfecta y cerrada, como Alex. Adentro, todo estaba abierto y revuelto.
Cerró los ojos. Recordó el olor a árnica y sudor rancio de los vestidores. Recordó la primera vez que dejó de ser Humberto para presentarse como Alex Romano. No necesitaba cubrirse la cara —nunca lo hizo—, pero sí levantar una máscara entre él y el mundo. Alex era eso: una coraza hecha de nombre, de actitud y de bravura prestada.
Pero la literatura exigía lo contrario. Exigía quitarse la protección.
Abrió los ojos. Aún estaba abierta la ventana del SAT, con su nombre legal en mayúsculas. Detrás, el documento en blanco llevaba horas esperándolo.
Decidió, por primera vez en décadas, no ignorar ese encabezado. Decidió escribir desde ahí. Desde el hombre legal y dolido. Desde el supuesto impostor que habitaba el traje del héroe.
Cerró el navegador. El nombre **HUMBERTO A. VELA DEL BOSQUE** desapareció de la pantalla, pero no de su conciencia. Solo quedó el documento en blanco.
Borró la frase anterior, esa frase ingeniosa y falsa que había intentado redactar Alex.
Y escribió, con dedos temblorosos, la primera verdad de la tarde:
“Mantuve el nombre de Alex Romano porque abría puertas que a Humberto se le cerraban: servía para llenar arenas y para generar confianza en el despacho. Funcionó como marca y como escudo. Pero hoy, frente a esta pantalla, ese nombre de batalla estorba. La máscara no sabe llorar, y para contar esta historia necesito las lágrimas que el ‘Patrón’ nunca se permitió derramar…”
Alex —o Humberto— exhaló el aire contenido. La rodilla le seguía doliendo, pero, por primera vez en tres días, la mente dejó de dar vueltas en el vacío y se inclinó, al fin, hacia una historia.
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